miércoles, 30 de octubre de 2013

30/10/83 (El régimen se acabo)

Hay sucesos de una transcendecia tan extraordinaria, que son capaces de grabar sus impresiones como una huella profunda e indeleble. Un tatuaje en la piel del recuerdo que, aunque pueda perder nitidez con el paso de los años, nos lleva a un tiempo y un lugar específico. Aún para aquellos que en el momento de la acción, no tenían (no teníamos) la edad suficiente para captar todo lo que estaba pasando alrededor.
Recuerdo vividamente el 30 de octubre de 1983. Recuerdo colores, sensaciones, la excitación extraña de algo nuevo e incompresible para un chico de siete años. Recuerdo la historieta de Superhijitus en mis manos, la lectura en el balcón y el sol allá arriba, alumbrando, marcando el camino de salida del tunel del horror.
Era temprano. Las nueve de la mañana. O las diez, tal vez. La gente iba y venía en la puerta de entrada del colegio (que era también mi colegio) que estaba al lado de mi casa. Se veían como hormigas desde la inconmensurable altura que para mi representaban los seis pisos que me separaban del suelo. Eran como hormigas concientes de la fundamental tarea que les tocaba desempeñar en ese día tan particular.
Recuerdo la espera, porque en ese tiempo había que esperar. Y era raro, porque había tenso placer en esa espera.  Era radio AM y cuatro canales de televisión. Nada más. Las conexiones en vivo con el centro de computos instalado en el Correo Central actualizaban las informaciones. Ahí, en un gigantesco pizarrón,  el más grande que mis ojos escolares hubieran visto jamás, señores de traje anotaban cifras. Números que crecían lentos, pero que confirmaban que la dirección del viento estaba cambiando. Limpiando el aire fétido de largos años en descomposición. Una brisa convirtiendose en huracán.
Después salimos. Mi papá nos saco a todos de casa, levanto a los vecinos y nos subio a todos a nuestro viejo, mira vos que símbolo, Ford Falcon verde modelo 1974, para festejar. No, no habían ganado los suyos. Pero supongo que eso a esa altura ya no importaba. Estabamos despiertos, vivos, ganando terreno. Recuperando algo que yo no sabía que habíamos perdido. La calle era nuestra otra vez. Y no importaba nada. O importaba todo. Porque lo que tanto cantaban que se iba acabar, finalmente se acabo.
Lo último que me viene a la mente de aquel día es el living en semi penumbras, la familia dormida, la tele encendida cantando los computos de la elección, un pucho (Jockey Club) consumiendose sobre el cenicero en la mesa y los oscuros bigotes de mi viejo (todavía sin atisbos de canas) escondiendo una sonrisa de satisfacción. Me fui a dormir en un país que era otro. Y el mismo a la vez. Ya habría tiempo para entender eso.
Yendo a la música, en aquel entonces, el rock nacional tuvo un singular florecimiento creativo con artistas que llegaron para aportar desenfado, ironía, humor y... baile!!! Tantos años de opresión y censura, sirvieron como caldo de cultivo. Tanto vivir para adentro, necesitaba una valvula de escape. Un grito de libertad, sintetizado a la perfección por Virus. Había que salir del agujero interior.
Como ejemplo, acá van cinco disco argentinos, editados en el histórico 1983.
Virus - Hay que salir del agujero interior
Del disco Agujero interior Spinetta Jade - Resumen porteño
Del disco Bajo Belgrano Los Twist - Ritmo colocado
Del disco La dicha en movimiento Los Violadores - Represión
Del disco Los Violadores Charly García - No soy un extraño
Del disco Clics Modernos

1 comentario:

  1. Gran selección de canciones! y detonante para la memoria...
    Me traslade a mis 13 con un compañero del colegio Roca, Augusto Puppo (RIP),quien era afín al partido ganador y me sacó a la calle a florearme en Democracia...historias de vida...abrazo

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