martes, 25 de febrero de 2014

Un minuto de silencio

Más o menos todos saben que existe una leyenda urbana que afirma que Paul McCartney murió en un accidente de auto el 9 de noviembre de 1966. Y que para evitar la decepción que tan terrible noticia hubiera causado entre los millones de fanáticos de los cuatro de Liverpool alrededor del mundo, un desconocido de nombre William Campbell, ganador de un concurso de dobles del supuestamente malogrado músico, ocupo su lugar hasta nuestros días.
Verdad o gigantesco chiste de los fabúlosos cuatro, después de aquella fecha, la obra beatle parece llenarse de pequeñas pruebas. McCartney de espaldas en la contratapa de Sgt. Pepper. Un supuesto cortejo funebre en la tapa de Abbey Road y un auto con una patente que dice "28IF" (la edad que tendría el finado al momento de grabar ese disco). Hasta el video de Free as a bird, fruto de la reunión beatle para la saga Antologhy editada en 1995, contiene una referencia al mentado accidente de tránsito.
Lo cierto es que la beatlemania dio y da para todo. Y un poco más también. Como por ejemplo el documental que hoy nos ocupa, una bizarreada hermosa llamada Paul McCartney is really dead: The Last Testament of George Harrison.  Rock & roll y conspiraciones gubernamentales, un combo delirante y explosivo.
La película, dirigida por el documentalista Joel Gilbert (director también de la muy seria Elvis found alive) se nutre de la leyenda y va más allá. Partiendo de unos mini cassetes en los cuales alguien que dice ser Geoge Harrison, relata la historia de la muerte de McCartney y como los tres beatles restantes fueron obligados por el servicio secreto británico, el MI5, a aceptar a Campbell (de ahora en más llamado Faul) con el fin de evitar suicidios masivos entre los seguidores de la banda, Gilbert repasa la historia detrás de las historia. Todas las pistas que supuestamente habrían dejado los compañeros de Macca en su obra para intentar exponer la verdad. Y hasta llega a asociar la muerte de John Lennon y el intento de asesinato que sufriera Harrison en su casa el 30 de diciembre de 1999, a la decisión de estos de quebrar el pacto de silencio.
Para disfrutar a tope de este delirio, se recomienda un sillón cómodo, una cerveza fría, una potente picada y suprimir, durante la hora y media que dura el film, cualquier tipo de incredulidad.

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