jueves, 12 de junio de 2014

Camino a Brasil XI

Llegamos al final del camino. En un rato, Neymar Jr. o Luca Modric (por nombrar a dos de los protagonistas del partido inaugural) harán rodar la pelota hacia adelante, poniendo en marcha la vigesima edición de la Copa del Mundo, movilzando nuestras miradas hacia tierras brasileras. Para la última estación de este repaso por canciones vinculadas al fútbol que emprendimos once semanas atrás, reservamos la elección más obvia.
Desde 1990 a hoy, basta que un mundial empiece a merodear las hojas del calendario para que Un estate italiana, la canción que Edoardo Bennato y Gianna Nannini, compusieron especialmente para el campeonato disputado en Italia en aquel año, empiece a sonar incansablemente y una horda de hombres y mujeres, por lo general de entre treinta y cuarenta años, afirmen sin mostrar ningún tipo de vacilación, que se trata de la mejor canción de la historia de los mundiales. Y otras competencias deportivas también.
Es cierto que sus sucesoras no hicieron muchos meritos para bajarla del pedestal. Ninguna logro siquiera hacerle sombra. El arraigo de este tema radica en algo más que sus cualidades artísticas, cualidades que, dicho sea de paso, en otro contexto seguramente hubieramos observado con algo de desconfianza. Sospechamos que sí la lógica y la justicia hubieran dado el presente aquel mediodía de domingo por Turín, haciendo que Brasil se imponga ante nuestra selección en los octavos de final de la competencia, otra sería la relación y el lugar que Un estate italiana ocupa en nuestra memoria.
Pero no. Ese notti magiche cantando en un alarido nos conecta a junio del 90. Nos traslada a la secundaria y a la radio escondida en el blazer. Nos lleva directamente a la gesta de un equipo herido, roto, una especie de Doce del patíbulo futbolero y albiceleste. Revive al barrilete cósmico dibujando un último vuelo imposible entre camisetas amarillas para que el hijo del viento deje pagando al clon de Sting y al plato de fideos con tuco reventado contra el piso. A las manos de Goycochea, el héroe inesperado, arruinando la fiesta de los dueños de casa. Al llanto desconsolado, nuestro llanto, de Maradona cuando todo fue derrota, final y tristeza. Eso hacen las grandes canciones, se van cargando de un sentido que trasciende su duración real. Sólo la música puede lograr algo así.
Ahora faltan quince horas y cincuenta y cinco minutos para que empiece el Mundial.

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