jueves, 16 de abril de 2015

Sincronicidad

Hay fuerzas que actúan más allá de nuestra comprensión humana. A veces pasa que la danza cósmica provoca la alineación de los planetas. El lento movimiento circular de los cuerpos celestes los coloca uno atrás de otro, de manera que no es difícil trazar una línea imaginaria que los atraviesa, los une, como una flecha que atraviesa los confines de la galaxia para acertar con toda la fuerza del destino en un lugar cualquiera de nuestro sistema solar, en una plaza, una avenida, o un bar. Un instante en el que todo complota, el ambiente, la compañía, la música (sobre todo ella, la única constante) para dar una señal inequívoca, como una epifanía, una revelación de algo que está a punto de pasar. O ya está pasando. Un instante en el que todo parece guionado para que suene la canción adecuada en el momento preciso.
Lo que estoy a punto de relatar es un ejemplo extraído de la vida real, aunque los nombres verdaderos de los protagonistas no serán revelados para mantener a salvo sus identidades.
Hace mucho tiempo, en una galaxia muy cercana, dos que habían sabido mantener una relación, un noviazgo de algo más de tres años, se encontraron en una multitudinaria reunión (un encuentro de diez personas bajo un mismo techo justifica ampliamente el termino de multitud). Los ex tortolos, puestos a jugar en un engañoso modo amistad, se sentaron uno al lado del otro y comenzaron a departir con el resto de los asistentes, ignorantes de las fuerzas que empezaban a moverse en un plano superior.
Todo permaneció en los carriles normales de cualquier encuentro. Gritos, risas, botellas, vasos, brindis porque sí, chistes internos, bullicio, alaridos. Hasta que ellos, los dos protagonistas de la historia, los supuestos amigos, comenzaron a abstraerse del ruido exterior, entrando en un juego conocido, familiar, cómplice. Dejándose llevar. Ella, provocadora consciente, lo invitó a un laberinto de dobles sentidos, de decir sin decir, al que él se prestó sin mayores objeciones. Él sonrío más de la cuenta y fingió desentenderse ante una encantadora escena de celos.
Uno de los participantes de la reunión, conocedor de la historia previa entre los protagonistas, observó toda la escena manteniendo precautoria distancia. Cuando la perdida de compostura del muchacho ante las maniobras de la dama era evidente, llamó la atención de su amigo, pidiéndole que escuché la canción que sonaba en los parlantes del bar. Todo pasa por una razón. El universo gira, se expande y se contrae, pone la música para que nosotros nos entreguemos a la danza (are we humans or are we dancers?). Lo que sonaba en los parlantes del bar (Delirio, enfrente de la cancha de Ferrocarril Oeste) era Costumbres argentinas, la canción de Los Abuelos de la nada, justo en la parte en la que Andrés Calamaro canta, casi en forma de advertencia, eso de "muerdo el anzuelo y vuelvo a empezar de nuevo". Demasiado tarde. Él ya había mordido.


2 comentarios:

  1. Me gustó mucho la introducción, excepto esta parte "toda la fuerza del destino". Para mi está lejos de tener tanta fuerza. Esto fue pura voluntad humana.
    Yo sé quiénes son los protagonistas, puedo llamar a Rial para contarle? :P

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  2. Me alegro que te haya gustado. Es bien conocida tu aversión a todo lo que tenga que ver con ese tópico.

    Puede que haya sido producto de la voluntad humana, pero lo del destino le da un encanto de película que queda encantador para el relato (?)
    No, no podes divulgar los nombres de los protagonistas.

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