jueves, 6 de agosto de 2015

¿De qué te reías?

Plaza de Mayo. Salida de la línea A de subterráneos de Buenos Aires, la que está pegada a Casa Rosada. Debe ser lunes. O martes. Miércoles por ahí, pero no creo. Jueves o viernes seguro que no, porque esos días ya estamos todos con otro semblante, con otra expectativa en la cara, no una sonrisa (tampoco es cuestión de exagerar) pero al menos una mueca de satisfacción que preanuncia la cercanía del fin de semana. Supongo que toda la escena transcurre entre las nueve y las diez de la mañana. Retomo.
Plaza de Mayo. Los que hasta hace segundos eran pasajeros del subte ahora suben las escaleras en lenta procesión, ganan la superficie y me parece que alguno se cubre los ojos de los rayos del sol haciendo visera con la mano. La caravana gira hacia la derecha, por Balcarce, en dirección a Leandro N. Alem. Algo en esa fila me recuerda a los obreros que caminan como zombies hacia su trabajo en Metropolis. Hay algo familiar a aquella película de Fritz Lang en la cadencia de nuestros movimientos torpes y carentes de toda gracia. La vida imita al arte. O al revés. Sinceramente ya no lo recuerdo.
Ligeramente encorvados hacia adelante, con la espalda vencida por el peso de los planetas que cada uno eligió cargar, avanzamos sin preocuparnos por el entorno. Plaza de Mayo, la entrada a Mordor, o el paso hacia las montañas de la locura, es lo mismo. Un día más. Un día menos en el almanaque. De pronto el aire cambia, bueno no cambia en realidad, pero la figura sirve para justificar su entrada en el relato.
Separada del grupo, ella viene a paso ligero, ganando terreno a velocidad crucero con el pelo suelto, con rubios rulos rebotando sobre sus hombros, con la cartera colgada y un par de auriculares enormes cubriendo sus orejas. Al resto de los mortales suelen quedarnos ridículos esos aparatejos, como deformes, pero a ella le quedan hermosos. Una bella mujer, sin dudas. Una obra de arte en movimiento. Ella sonríe con ganas, casi a punto de estallar en una carcajada. Yo ya no puedo sacarle la vista de encima.
Acompaño su caminar y me pregunto con curiosidad qué es lo que estará escuchando que tanto la hace reír. Especulo porque es fácil. O al menos más fácil que ir a preguntar, cobarde. Imagino mil historias diferentes en pocos segundos y elijo una. Podría ser la radio, pero no. Ella está escuchando un disco. De los Beatles, si, si, seguro. El primer disco de Anthology 2. Está escuchando a Lennon y McCartney tentarse en And your bird can sing, pienso, porque esa versión siempre tiene el mismo efecto en mi. Ahora yo también estoy riendo.

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