lunes, 28 de marzo de 2016

Rock para la revolución



Por Emiliano Herrera (@memiherrera)
Especial para DISCOS PERFECTOS
Amanece nublada La Habana. Aunque el calor es intenso, eso no nos priva de un buen cafe y fruta bomba para encarar lo que sabíamos iba a ser un largo día.
Decidimos que la jornada debía comenzar con los protagonistas, así que fuimos hasta el hotel donde se alojaba la más grande banda de rock de la historia.
Uno esperaría encontrarse con hordas de fanáticos agolpados esperando que asome algún brazo por cualquier ventana y creer que es su Stone favorito. Pero nada de eso sucedía.
Solo encontramos un yanqui, algo viejo y con la cara más roja por el alcohol que por el sol del Caribe, con su remera del Ole Tour y un vinilo de un viejo y desconocido compilado Stone.
Después de solicitar una entrevista que fue negada en exclusiva (?) para este blog, comenzamos a recorrer la Habana Vieja para saber si al menos allí encontrábamos indicios de alguna fiebre Stone.
Entre sus calles angostas y coloridas, atestadas de turistas asomaban tímidas muy pocas lenguas. Hasta ese momento tamaño acontecimiento parecía no importarle demasiado a los cubanos. Hartos ya de la caminata decidimos comer en un paladar. Los gritos, la música y sobre todo el alcohol nos hermanaron con dos mejicanos y tres valencianas que a cada paso que daban al ritmo del son cubano del lugar sudaban toda la sensualidad del viejo mundo.
Luego de un exhaustivo desfile de botellas, bailes, discusiones políticas y más brindis nos dimos cuenta que había volado el tiempo y que si queríamos ser testigos de tamaño evento debíamos apurarnos.
El plan era sencillo, volver hacia el Vedado, una ducha para reponernos, encontrarnos con las españolas y asistir al concierto de rock más grande en la historia de la isla.
Desinteligencias producto de tanto ron hicieron que no volvamos a ver a esas bellas europeas. Así que pronto tomamos un taxi que nos lleve a la Ciudad Deportiva.
Como en cualquier evento masivo, las últimas cuadras fueron a pie, junto a miles de cubanos y turistas. Por momentos me recordaba a los recitales del Indio, pero solo por la cantidad de gente, ya que no existía el fervor de su público.
Llegamos con los primeros acordes acordes de Richard y una calurosa bienvenida de la gente.
El sonido, el mismo de toda la gira, impecable para un lugar tan amplio. Las pantallas de altísima calidad permitían ver cada arruga del viejo Keith desde cualquier rincón de la ciudad deportiva.
En cuanto a la gente, cabe decir que fue muy raro estar entre un público tan distinto al argentino. Hace quince días atrás vivía en Tandil una de las más maravillosas ceremonias que la música pueda dar. En cambio aquí se parecía más a esos recitales europeos, donde todos procuran mantener una distancia prudencial con el otro. Hasta me han pedido que deje de saltar justo cuando Paint it Black se ponía más intensa.
Jagger hizo lo de siempre, entre sus incansables movimientos y algunas frases en español, seducía a una ciudad que ya estaba entregada a un show que no fue distinto a otros de la gira.
Cuba, que siempre es visitada por miles de argentinos, esta vez también se hicieron notar. Durante casi todo el show, en las pantallas detrás de Mick, siempre flameaba una bandera Argentina, para decir una vez más que la patria Stone excede cualquier frontera. Así que...
Hasta la próxima gira. Siempre.
Rock o Muerte.
Venceremos

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