miércoles, 4 de mayo de 2016

Hallelujah

Hay días en los que simplemente las cosas no avanzan, en los que nos llenamos de preguntas sin sentido (dónde estabas, sería mejor no saberlo), las respuestas no aparecen y todo se reduce a quedarse mirando un punto fijo en el cielorraso, esperando un instante de lucidez, una iluminación superior que sirva de empuje, de incentivo a creer que de verdad todo va a estar mejor, que todo eso que parece un peligro real, tangible, son sólo fantasmas jugando a asustarnos. Un parque de diversiones sin diversión.
Nos quedamos  quietos, esperando que esa la inmovilidad sirva como camuflaje. Es simple en realidad, hacerse uno con el entorno para para propiciar el engaño y que aquellos fantasmas pasen de largo, nos salteen de una buena vez y para siempre. Nos quedamos solos, la memoria del dispositivo llena de recuerdos, de fotos mentales, con la cabeza saltando en flashbacks a diferentes épocas. ni más felices, ni más plenas. Diferentes, simplemente.
En el dolor, estiramos la mano buscando aferrarnos a lo que más se parezca a un pedazo de madera en los restos de un naufragio. Algo que nos mantenga a flote en la corriente. Y siempre encontramos la música como salvavidas. Debe ser cierto eso de poner canciones tristes para sentirse mejor.
Ese rebote constante entre el comienzo y el final de la canción, play, play y play otra vez, sintiendo que del otro lado, alguien se sintió igual, alguien se sobresaltó ante una amenaza similar y logró traducirlo al papel como una forma de conjurar los espíritus malignos. Un exorcismo que nos ponga un poco más cerca de la sanación. Y sí no es así, al menos una melodía que nos acompañe y reconforte hasta que pase la tormenta.
Se trata de seguir respirando, porque mañana va a salir el sol, y no sabemos que nos va a traer la marea.

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