miércoles, 18 de mayo de 2016

Más vivo que nunca

Fotos: gentileza de T4F – Beto Landoni
Es simplemente imposible escribir sobre el show que anoche Paul McCartney brindó en el estadio Único de La Plata, en la segunda parada del One on one tour en la Argentina, desde la objetividad. No hay forma de abstraerse, de plasmar o explicar casi tres horas de canciones que atraviesan varias generaciones. La música es siempre una cuestión emocional, y ese factor emocional se multiplica exponencialmente cuando el ¿ex? Beatle pone sus setenta y tres años sobre el escenario.   
Apenas pasadas las 21 con su mítico bajo Hoffner colgado, vestido con sencillez, aparece el hombre que cincuenta años atrás junto a sus tres amigos de Liverpool dinamitó todo para edificar sobre los escombros este gigantesco circo del rock & roll. El artista que cinco décadas después está ahí parado listo para empezar con la tarea, arremetiendo con A hard day’s night ante un público que ya está rendido a sus pies antes del primer acorde.
Paul la tiene atada, va de menor a mayor, calibrando el estado de efervescencia del público, sobreponiéndose a una garganta que parecía no responderle del todo en los primeros momentos. Conoce cada uno de los trucos aplicables a un show de estas dimensiones y los lleva a la práctica. Gesticula, intenta dialogar con el público mezclando inglés y español hasta derivar en un particular acercamiento al spanglish, mientras los presentes festejan obedientes cada una de sus ocurrencias. Toca, canta, baila. Un hombre que desmiente con contagiosa energía la edad que marca el implacable calendario.
El set list de treinta y nueve canciones tiene como columna vertebral al repertorio beatle. McCartney va y viene, salta en el tiempo acompañado por una banda soberbia que hace sonar actuales a los viejos temas poniendo todo en un mismo plano sonoro, habilitando el juego de preguntarse cómo sonarían hoy los cuatros de Liverpool. Hipótesis al margen, el viaje va de un lado al otro de la carrera del bajista, del lejano principio con The Quarrymen (In spite of all the danger) al crossover con Rihanna y Kanye West (FourFiveSeconds) pasando obviamente por Wings y gemas solistas.
Paul McCartney tiene en su haber algunas de las obras más significativas de la historia de la música popular. Todo lo que pasa durante el show se conjuga alrededor de la emoción. Esa la clave. Todo está vinculado al corazón. Son las canciones y todas las cosas que están atadas a ellas. El simple acto de escucharlas en vivo, interpretadas por su voz, secundado por su grupo o simplemente armado con una guitarra acústica como en Blackbird o Yesterday, es subyugante. Un ejercicio conmovedor en los momentos más rockeros y también cuando los vúmetros se alejan de las zonas de peligro.
Después del un set semi acústico con la banda al frente del escenario, el recital entra en un sprint final demoledor que tiene varios picos de tensión. Paul y su ukelele transforman Something en una canción fogón friendly hasta que la irrupción del solo de guitarra hace estallar todo con la atenta mirada de George Harrison desde las pantallas. Inmediatamente después, salta a Ob-La-Di, Ob-La-Da y pone a todos a bailar con ese tema que Lennon odiaba. Live and let die y Hey jude (el karaoke más grande del universo) son el uno-dos a la mandíbula. Es triunfo por nocaut. Las luces podrían encenderse y no habría quejas. Pero McCartney todavía tiene algo más para dar.
Toda la belleza desnuda de Yesterday abre los bises. Siete excusas más para intentar atrapar el tiempo entre las paredes del estadio. El fin se abre camino sin escala con los primeros acordes al piano de Golden slumbers, una vez más la emoción a flor de piel. El medley final de Abbey Road sirve acá para marcar la despedida, con las gargantas del público enrojecidas coreando esa frase que sirve como perfecto resumen para explicar tanta devoción hacia un artista y su música: And in the end, the love you take, Is equal to the love you make.

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